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Análisis: La gasolina, un mecanismo perverso de apartheid político, en la Venezuela frenética de Maduro.

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Análisis: La gasolina, un mecanismo perverso de apartheid político, en la Venezuela frenética de Maduro.

«El gran logro del compañero Maduro es haber sustituido al soberano bolívar del 2018, por el odiado y capitalista dólar, desde el pan hasta los inmuebles se pagan en dólares y se morigeran los montos en cantidades obscenas en bolívares».

Carlos Ñáñez | El Carabobeño

En la escuela y en el hogar desde niños escuchábamos que Venezuela era un país petrolero, rico en ese hidrocarburo, una tautología incontrovertible así como también el hecho de que éramos una de las democracias más sólidas de América Latina, una respuesta acendrada ante las dictaduras de derecha que asolaron al cono sur y la estafa totalitaria de la cuba comunista.

Un verdadero paradigma del mundo en desarrollo, la evidencia de que la alternancia en los poderes, la existencia institucional y afable entre las ideologías era una tangible realidad, además formábamos junto a Colombia y México el grupo de los tres, nuestra economía había logrado cierto radio de diversificación, el signo monetario era estable, aunque habíamos vivido ya los retos de procesos de devaluación; contábamos con una amplia clase media y la existencia de la gratuidad en los servicios de salud y educación.

Sin embargo, el cáncer del clientelismo que genera urdimbres a lo gordiano, en torno a la sociedad, nos asfixiaba cual Lacoonte y sus hijos. La segunda llegada de Carlos Andrés Pérez, retumbaba en las psiques de los venezolanos que aspiraban un Estado total e hipertrofiado, un idílico edén de utopías a lo Thomas Moro, que nos permitieran vivir en la estafa cognitiva de que éramos un país rico y por ende la productividad era un tema heterónomo.

La aplicación de un programa de ajustes necesarios, emprendidos por un grupo de notables economistas entre los cuales puedo contar a: Miguel Rodríguez, Gerber Torres y Ricardo Hausmann, insuflaban las bases de un Estado limitado, moderno, que dependiera de sus ciudadanos y no o contrario, hallando así ese tan deseado chequeo y balance, para limitar la acción omnímoda del Estado, pero lamentablemente no se calcularon los efectos que años de un discurso populista, clientelar y avieso habrían construido en el ideario nacional, un ajuste ínfimo en el coste del litro de gasolina a saber 0,25 céntimos un medio de aquel entonces, en el cual las monedas de níquel eran medio de pago, desató una ola de disturbios y vandalismo en la ciudad de Caracas.

La nostálgica y anacrónica izquierda encontraría en los sucesos del caracazo, la narrativa perfecta para inscribir su discurso avieso y resentido, así el libro del chileno Hopemhayn, en su capítulo II, velando revoluciones manifestase textualmente “Quien se imaginaria que la segunda llegada de CAP produciría sobre el rostro de la capital más esquizoide del continente, la imagen tabú de sus desintegrados haciendo justicia”.

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A pesar que a los dos años los síntomas de crecimiento eran innegables, así como la solvencia de las cuentas nacionales y la efectividad de las políticas fiscales y monetarias, el intento de un cruento golpe de Estado nos despertó en medio de un sobresalto, preludio de este desastre y es que en palabras de Álvaro Vargas Llosa, a Venezuela le estaba saliendo un caudillo, así como los golondrinos salen bajo los sobacos, indicando la presencia de una infección y esa infección era el clientelismo, que muto a un autoritarismo competitivo a una democradura y finalmente a un Estado totalitario con visos de satanismo.

Desde el infausto 1989, la gasolina y su precio eran un tabú, un tema prohibido capaz de hacer bajar a los cerros, de retornar al caos, era tan mediocre el reflejo democrático de los venezolanos en el año 1992, que 72 horas después del segundo intento de golpe de estado, la población apoyaba a los golpistas con la venia de Caldera, quien veía en la justificación de este hecho la vía expedita para volver al poder y heredar una crisis bancaria de proporciones inconmensurables, cuyo coste se reflejó en un inflación de 100%, otra herramienta portentosa para la narrativa felona y aviesa del chavismo.

Para este tromba violenta y brutal que llegó al poder de la mano de la anti política, la indiferencia y la rabia, nada había que dejar en pie de aquella odiada Cuarta República, Chávez no oculto su odio por las instituciones, juró sobre una moribunda constitución, para redactar palabra por palabra, como por coma, un nuevo contrato social al cual se cansaría de estuprar al no lograrla modificar para adelantar, lo que luego sería su Plan de la Patria, ese que estamos sufriendo a fuego y dolor lo rehenes de esta ex República.

Durante el periodo 2002-2012 y luego de expoliar a los gerentes de PDVSA, cambiándolos por gente sin preparación ni experiencia, pero eso sí, leales a Chávez y al latrocinio; el país experimentó un periodo de precios más que favorables, que permitieron desmantelar la producción nacional y sustituirlas por importaciones, ardid ideado por el Ingeniero Jorge Giordani, a quien los atolondrados repiten como si se tratara de un evangelista, cuando es responsable de este horror que vivimos.

Al salir Chávez del poder de forma intempestiva y cual tromba, dejó a un delfín, a un sucesor al mejor estilo de los Kim, en la terrible e infernal Corea del Norte. Este, su autoproclamado hijo, el obrero Nicolás conduciría el autobús de la patria a un despeñadero, de casi 22 mil millones de dólares en RRII, hoy ostentamos menos de 6,5 mil millones, de 4,3 Bs/USD, pasamos a 200.000 Bs/ $, si le colocamos los ceros deflactados a saber ocho, el monto seria de 20 billones de bolívares por dólar, una suerte de Zimbabue caribeña, este gobierno destruyó al dinero como institución social, ya este no presenta las cualidades que le hacen ser dinero:

  • No es medio de pago.
  • No es reserva de valor.
  • No es Patrón Contable.

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El gran logro del compañero Maduro es haber sustituido al soberano bolívar del 2018, por el odiado y capitalista dólar, desde el pan hasta los inmuebles se pagan en dólares y se morigeran los montos en cantidades obscenas en bolívares.

Nuestras seis refinerías están en ruinas y el Complejo Refinador de Paraguaná es incapaz de producir los 300 barriles de combustible diario. Ni rusos ni iraníes podrán reactivar el CRP, los catalizadores para la conversión de las naftas en gasolina de 91 y 95 octanos, son producidos por los Estados Unidos y por ende son un secreto de Estado.

Ese millón quinientos mil barriles de “gasolina” iraní, que supuso se izaran las banderas de esa lejana teocracia en el Centro Simón Bolívar no son suficientes para atender a la demanda, de allí que se colude el anacronismo de la planificación centralizada, que embrida regulación y terminales de placas u cédulas, con el por demás perverso e ilegal proceso de someternos a inscribirnos en la plataforma patria, denunciada por la ONU, a través de la Dra. Bachelet como un mecanismo de coacción política para llenar los tanques a 0,025 dólares, el otro esquema es imposible de ser abordado por una población miserable que devenga cuatro dólares al mes y requiere 77 veces ese valor para medio alimentarse.

Finalmente el Apartheid viene de la mano de la confiscación, sin pago a los dueños de las estaciones de Servicio.

Así negocios privados son arrebatados y vulgarmente robados por el gobierno, entregado a los militares y a un ejército de jovencitos a quienes llaman juventud invicta, una suerte de edición de los jemeres rojos de Camboya o de los milicianos cubanos de la zafra heroica de las diez toneladas de azúcar jamás producidas.

Estos muchachos con mecanismos biométricos cual  funcionarios de un Dachau tropical, deciden quienes colocan gasolina y quienes no lo hacen, la dualidad de  precio cuyo diferencial es de 1,900% justifica la perpetuidad de rentas opacas y mercados negros. En el medio los rehenes, los rebeldes que no quieren asumir que Patria es equivalente a Chavismo, que para ser venezolanos hay que ostentar un carnet de una parcialidad política.

La arrogancia de este régimen los lleva a retar y transgredir lo textualmente expuesto por la Dra. Bachelet, ya la crueldad es superlativa y va más allá de los sistemas CLAP, los registros indignos para obtener gas domésticos, ahora se imponen como norma para surtir combustible, la discrecionalidad de estos pupilos de la tiranía, convirtiendo así  otra tarea cotidiana en una  odisea que termina atropellando nuestra dignidad.

Estos señores finalmente no constituyen un mal gobierno sino un gobierno para el mal, capaz de hacer que una potencia petrolera dependa vitaliciamente de un combustible importado desde una teocracia irrespetuosa de los derechos humanos, pero dispuesta a oxigenar a esta amenaza continental que representa el régimen para la estabilidad de la región.

Al respecto comparto esta máxima del profesor Leonardo Favio Osorio Bohórquez, de la Universidad del Zulia.  “El Socialismo ha sido un instrumento para la dominación de las masas a través de su manipulación política. El socialismo, desde sus orígenes europeos, tanto en el plano teórico como en el empírico, siempre ha probado su inviabilidad, teniendo resultados perniciosos para las mayorías. Más que una ideología de la redención”.

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